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Una despedida con contrastes: ovación para Gallardo y silbidos para los jugadores

La noche del jueves 26 de febrero de 2026 quedó marcada en la memoria de los hinchas de River Plate. En el Estadio Monumental, más de 85.000 aficionados colmaron las tribunas para vivir el último partido del segundo ciclo de Marcelo Gallardo como director técnico, un momento que trascendió lo deportivo y se transformó en una celebración emotiva del vínculo entre el entrenador y su gente.

Desde temprano, antes de que rodara la pelota en el duelo frente a Banfield, el clima era de homenaje. Las tribunas exhibían banderas y mensajes de agradecimiento por el legado del entrenador; una gran pancarta en la platea San Martín pedía que “la noticia no tape la historia” y expresaba gratitud hacia el “Muñeco” y su cuerpo técnico.

River se impuso por 3-1, con goles de Lucas Martínez Quarta, Sebastián Driussi y Joaquín Freitas, un resultado que, curiosamente, evocó la victoria más emblemática de la era Gallardo —la final de la Copa Libertadores en Madrid— y que cerró el partido con una nota casi simbólica.

El homenaje a Gallardo

Al sonar el pitazo final, el estadio explotó en una ovación total para Gallardo. Los hinchas dedicaron cánticos interminables al técnico, especialmente el “Muñeco, Muñeco”, mientras él recorrido la cancha agradeciendo con los brazos en alto y visiblemente emocionado por el cariño que siguió intacto incluso después de una segunda etapa sin títulos.

Muchos hinchas siguieron coreando frases como “Gallardo es de River, de River no se va”, un reflejo de la conexión profunda entre el DT y la afición, independientemente de los resultados conseguidos en esta última etapa.

Un giro abrupto: silbidos para el plantel

Pero cuando los jugadores restantes quedaron solos en el campo, el clima cambió drásticamente. La misma tribuna que había homenajeado con fervor a Gallardo descargó ensordecedores silbidos y críticas hacia el plantel, evidenciando el descontento con el rendimiento de algunos futbolistas a lo largo del torneo.

Los cánticos contra los jugadores fueron claros: frases y gritos que mezclaron frustración con exigencia, diferenciando el amor por el entrenador del juicio crítico hacia quienes lo acompañaron en el campo.

El final de un ciclo

La postal del cierre fue poderosa: Gallardo se retiró solo del Monumental, saludando una vez más mientras la gente lo recordaba con llanto, cantos y aplausos. La ovación contrastó con los silbidos al plantel, subrayando el lugar que el técnico ocupa en la historia del club y el sentimiento especial que generó en la hinchada a lo largo de los años.

Este capítulo marcó el fin de una etapa intensa, con emociones encontradas, gratitud plena hacia el entrenador y exigencia crítica hacia los jugadores en una noche inolvidable para los riverplatenses

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