“Tratado sobre el hambre”, la nueva novela de la argentina Zulema Lázaro, explora las dificultades de las personas sin techo con una prosa potente y delirante pero ajena a sentimentalismos y lugares comunes.
En su nueva novela, Tratado sobre el hambre, la escritora argentina Zulema Lázaro cuenta la historia de El Alirio, un hombre que vive en la calle y que, cuando su hija adolescente decide huir de la casa de su madre y su padrastro para irse a vivir con él, deberá enseñarle todo lo que debe saberse para sobrevivir a la intemperie.
Tratado sobre el hambre, editada por Alfaguara, es una novela potente, tan dolorosa como deslumbrante, que escapa tanto de sentimentalismos como de lugares comunes y utiliza un lenguaje chispeante, desbocado y delirante para hablar de la experiencia de las personas sin techo, obligadas a hacer de la calle su hogar. Para vivir en la calle es necesario cumplir una condición: no pasar hambre. Lo peor de tener hambre no es el hambre sino no poder dejar de pensar en el hambre. ¿Cómo se lo digo a mi hija cuando la traiga hacia mí de repatriación? ¿Le hablo de frente manteca de que es necesario cumplir esa condición y otros tres trámites más? Buscar un lugar en donde con la primera luz del día te dé el sol. Debo explicárselo todo de corrido y como un zumbido, como el largo y anticipado zumbido con decibeles indecibles y a kilométricas distancias en que sienten los perros los petardos de Año Nuevo.
Después, como parte del decálogo de todo buen “bichicome”, pichicome a caballo de bicho cazador, debés estar listo como una lady a las 11 y 40 para el almuerzo en la Iglesia Ortodoxa Rusa, acá nomás, antes que Brasil caiga en Azopardo. Mi turno de mesa es 12 y 15, pero hay que estar cuarenta antes haciendo la cola. Si llueve o tempestad, te lo volio dire. A las 10 y 12 ya estoy acicalándome en el baño de la galería de arte, por Humberto Primo. Es como si me duchara. Un trapeado por sobaco. Inmediatamente pongo las patas en el inodoro siempre impecable de los coleccionistas.
Se cuentan, de alguna manera se cuentan. La enumeración puede ser casi infinita pero la certera no me interesaría tanto porque sería como beber hipoclorito de sodio, comercialmente, lavandina. La certera sería hostil como canon, por eso más que la verdadera me interesa la posible, porque al final de la inverosible concatenación, de esa probable desmesura, nos encontraríamos, lo cual no será resarcimiento sino justicia y no justicia divina, me cago en esa justicia.







